Tele-miseria
- 1 dic 2016
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"Quien no conoce su propia historia, está condenado a repetirla"
Napoleón Bonaparte (1769-1821)

En 1921, el físico judio-alemán Albert Einstein recibía el Premio Nobel de Física por su aporte a la humanidad con el descubrimiento de la Teoría de la Relatividad y el fraccionamiento de los átomos de luz, lo que marcó un cambio en el paradigma de la ciencia. No obstante, se sintió desconsolado cuando su máximo descubrimiento empezó a usarse con fines bélicos al darse la primera explosión de la bomba atómica en las prefecturas de Hiroshima y Nagasaki en Japón. 33 años después de ese mérito amargo para la ciencia, el General Gustavo Rojas Pinilla traía al país el invento que conectó al mundo mucho después que la radio pero mucho antes que la Internet: la televisión. El militar presidente tenía una misión gigantesca para esta empresa: aportar a la educación y la cultura de todos los sectores socioeconómicos y culturales, acercando más a los colombianos para hacer una sociedad mayormente culta y apropiada de sus raíces. Hoy en día debe estar revolcándose en su sepulcro.
La televisión colombiana hoy, dista de ser lo que Rojas se planteó como misión esencial y se convirtió en un mero negocio que exprime los miedos y los bolsillos de sus espectadores. De ser un modelo de exportación para el mundo que garantiza la pluralidad de voces y las libertades de expresión, información y opinión, nuestra caja resonante pasó a evidenciar la decadencia de nuestra sociedad ignorante, intolerante y falta de identidad que somos actualmente. Esta sociedad se ahoga en el ideario del devenir de la violencia urbana, la zozobra de un inminente regreso a la guerra civil, el embelesamiento frente a las idolatrías deportivas enfocadas en el balompié criollo (y de vez en cuando uno que otro deporte en el cual gane un colombiano) y el narco de una sociedad de futuros matones y genocidas.
Las dos cadenas privadas encontraron la receta perfecta para acumular mayores ganancias, pero no para ofrecerle a la gente contenidos de calidad, que sirvan para construir la sociedad del postconflicto (si se da), ni que los eduque para ser personas rectas que puedan transformar la sociedad. El coctel mortal de programación varía desde los noticieros nacionales en los que es evidente la total parcialidad de sus contenidos informativos junto con altas dosis de prensa roja o crónica judicial, escándalos políticos, hechos mundiales que casi siempre son de Venezuela (que es cierto que atraviesa una crisis innegable, pero también hay más países con peores condiciones), fútbol, chismes y auto-promoción. A estos los siguen programas mañaneros con un alto grado de improvisación, novelas extranjeras (casi siempre mexicanas o turcas) y el prime time con el plato fuerte: bio-novelas de personas que en muchos casos no han hecho mérito para salir en una, narco-novelas en que las balas, las drogas y los desnudos de féminas embelesadas por el narco de turno son la ley y realityes en los que abunda el pordioserismo y la realidad inflada de sus concursantes.
Así como en otra época, cuando Mayolo y compañía lograron exprimir lo peor de la realidad a través del cine (destacando el género de la porno-miseria en el cine colombiano de los 70 y 80) las grandes cadenas televisivas y sus productoras allegadas también están logrando exponer lo peor de nosotros. No buscan exponer y hallar prontas realidades y buscar prontas soluciones, sino para enriquecer sus para nada vacías arcas (sumando el cobro que se le hará a los usuarios de TV Paga por sus señales desde el año próximo) a costillas de jugar con el futuro de nuestro país, que sigue buscando la forma de alcanzar la paz.
Este fenómeno no es nada nuevo. En varios países de América Latina como Perú, México o Chile, también han sucumbido a lo que muchos expertos en psicología y medios han denominado la "televisión basura", programas que fuera de un excesivo morbo y una exorbitante mediocridad de contenido, no aportan nada nuevo ni nada constructivo a la formación de nuevos ciudadanos. En el caso colombiano, los dramátizados y noticieros fomentan camufladamente los antivalores que han caracterizado la imagen de los colombianos dentro y fuera del país: personas conflictivas, intolerantes, arrogantes, faltas de inteligencia y que, casi siempre, ejercen como narcotraficantes, sicarios o prostitutas.
Bien lo dice el crítico de televisión Omar Rincón en su más reciente columna del diario El Tiempo: la televisión colombiana está atravesando por su peor crisis, no por la falta de dinero como en la crisis de las programadoras del 2000, que casi borró el sistema mixto de dos canales público-privados que rigió el país desde sus inicios. Esta crisis responde a la falta de valores e identidad que se está generando desde las televisoras privadas. De no ser, claro está, por las arriesgadas propuestas de la televisión pública, la televisión por suscripción, las redes sociales y las plataformas OTT que han logrado cautivar a más televidentes, sería muy poco predecible lo que le esperaría a la industria creativa colombiana.
No obstante, no es suficiente con estas empíricas acciones, ya que, si a las dos cadenas nacionales privadas se les confió el uso del espectro radioeléctrico, fue para dar a conocer lo mejor de nuestro país al mundo, no para explotar nuestros males internos y restregárnoslo en la cara. Es nuestro papel como comunicadores, como academia y como sociedad, ya no exigir contenidos de calidad a los operadores existentes porque ya es imposible que lo hagan, sino exigir al Estado la apertura de más alternativas de comunicación frente a lo existente, para, así, poder garantizar lo que dictamina la Constitución: una mayor pluralidad de voces que le den armonía a la sociedad colombiana y permitan los espacios justos y necesarios que puedan abrirle la oportunidad a un país en paz.


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